lunes, 29 de octubre de 2007

escena narrativa


Serían las 6 de la tarde. En el gimnasio donde trabaja: un momento tranquilo, el momento previo a que “lleguen todos” y empiecen a demandar la atención de Mariela. Observa un movimiento diferente entre la cocina y la oficina de la jefa, muchas idas y venidas en las que no se ponen en práctica las estrategias para pasar sin ser visto, sino que al contrario, eran movimientos coordinados. Señas a escondidas y miradas cómplices, le advierten a Mariela, de las benditas intenciones de darle importancia a su cumpleaños. Ella es de las que casi no festeja, pero, para su número 26 ya se acostumbró a que es sólo soportar el cantoreo del feliz cumpleaños, decir gracias, sonreír y listo. Lo acepta con resignación, y él la invita y le dice:

-vení que ahora vas a “soplar la velita”.

-¿cómo es “soplar la velita”? -Le dice Mariela, jugando a la ingenua.

-después te muestro -le dijo él, tomándola del cuello y llevándola hasta la oficina.

Entraron en una sala donde había una pastafrola sobre un escritorio, y a su alrededor una serie de personas: la jefa, la hija de la jefa y sus compañeros de trabajo. Mariela siempre creyó en la barrera que existía entre su mente y los otros, lo que la hacia una persona distante, y la ayudaba en situaciones difíciles de las que no quería hacerse responsable. Así que se comenzó hablando de comida, de lo rico de la torta y se debatía entre a quienes les gustaba el guiso y a quienes no, se realizo un mínimo intercambio de recetas, entre la forma peruana y la argentina del guiso.

Estaba Andrea, una masajista paraguaya, que tenía una cámara fotográfica, y disparó dos o tres fotos; la torta con una vela rosa en el centro, la jefa sentada en su sillón aristocrático, y él personal rodeándola, algunos hasta de la popular forma futbolística: arrodillados. Toda la oficina es antigua: muebles de madera, grandes y pesados, al estilo casa de campo. Esto se extiende a todo el gimnasio, en el hall central, justo enfrente al escritorio de Mariela, nace una escalera en la que en su descanso reposa un mueble de madera oscuro, vacío y cuadros de paisajes y de un caballo, que como cadáveres dan lugar a un cementerio estético.

También estaba Cecilia, Bety y Lucio. Cecilia es de esas mujeres que no pueden guardar un secreto, se supone que es por que no pueden, entonces repiten constantemente eso que le contaste y además lo gritan. Mariela le aseguro, una de las últimas veces que se vieron, que nunca mas le iba a contar nada. Bety en cambio es reservada, y su presencia se confunde con ausencia, una de sus actividades es pasar desapercibida y actuar cuando se la necesita. Y está Lucio, por suerte para Mariela, que si bien ya se ha percatado de ciertas debilidades, lo aprecia, tienen piel, y contra eso no se puede hacer nada. Él la seduce con bombones, que le deja al costado del mouse. A Mariela le gusta el aspecto de lo prohibido y se excita fantaseando en transpirarse entre las máquinas o a escondidas, en un cuartito húmedo.

Mariela se quiere ir a su casa, la jodida de su compañera de la mañana le pidió que la reemplazara, así que hace 9 horas que esta ahí dentro. Por ser su cumpleaños, pidió retirarse media hora antes, no quiere saber nada con nadie, solo brindar con sus amigos, con los de siempre, porque Mariela ha perdido grandes amigos, pero tiene otros. Y el amor se le presenta en forma de ladrón, cuando Lucio la besa en la cocina, bajo la luz blanca del tubo fluorescente y el ruido de la heladera.

Victoria.

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